Por qué las apps para aprender idiomas a veces me estresan más de lo que me motivan

Hace unos años estaba una noche sentado en el sofá, el móvil en la mano, y noté que mi pulso subía un poco. No porque acabara de aprender algo nuevo en un idioma extranjero, sino porque una app me anunciaba en letras rojas que mi racha de 187 días expiraría en cuatro horas. Ese día no había tenido tiempo, ni ganas, quizás simplemente tenía otras preocupaciones en la cabeza. Aun así, me senté y completé una lección que a la mañana siguiente ya no podía recordar. No porque quisiera aprender algo, sino porque tenía miedo de perder algo.

Esta escena se repitió, en formas ligeramente distintas, durante muchos meses. Y en algún momento empecé a preguntarme seriamente cómo era posible que una herramienta que se supone debía ayudarme a aprender me pusiera regularmente en un estado que se sentía más como cumplir una obligación que como curiosidad.

La racha que me poseía

La racha fue el punto en el que noté más claramente que algo se había desplazado. Al principio la encontraba motivadora, un pequeño incentivo para seguir cada día. Pero, con el tiempo, ese incentivo se convirtió en una obligación que ya no tenía nada que ver con el español o el italiano. Me sorprendí a mí mismo a las 23:50 en la cama, pasando rápido una lección solo para mantener viva la llama, sin percibir conscientemente ni una sola palabra. Y una vez que estuve dos semanas de vacaciones y la racha se rompió, después no abrí la app durante casi un mes. No por desinterés en el idioma, sino por una especie de vergüenza de volver a empezar desde cero. La sensación de haber fracasado era mayor que la sensación de haberme perdido algo.

Parpadeos, timbres, presión

A esto se sumaba la pura densidad de estímulos. Cada respuesta correcta se celebraba con una explosión de confeti, un efecto de sonido y un personaje saltando; cada respuesta incorrecta se castigaba con un sonido decepcionante que se sentía como si hubiera herido a alguien personalmente. Iba sentado en el tren, intentando hacer una lección en silencio, y la app casi me obligaba a dejar el sonido activado, porque de lo contrario la mitad del ejercicio no funcionaba. Al mismo tiempo aparecían ventanas emergentes que me ofrecían una nueva suscripción, un reto limitado o una bonificación doble de puntos, justo en medio de la concentración en una frase como «Quiero un café, por favor», por sencilla que fuera esa frase y por poco motivo que hubiera para avergonzarse de ello, porque un lenguaje sencillo no es una desventaja. Después de la lección no me sentía relajado ni orgulloso, sino más bien agotado, como después de una pausa publicitaria que por casualidad incluía algo de clase de idiomas.

Competencia con desconocidos y demasiadas reglas de juego

Fue especialmente incómodo cuando de repente apareció una clasificación en la que competía contra personas que nunca había conocido y que nunca conocería. Recibía mensajes de que alguien llamado «User8823» me había superado, y notaba que por la noche hacía deprisa unos ejercicios, no para hablar mejor portugués, sino para mantenerme en esa liga imaginaria. Al mismo tiempo convivían corazones, gemas, puntos de experiencia, ligas, insignias e invitaciones de amistad, sin que nunca me quedara claro cuál de estos sistemas tenía realmente algo que ver con mi nivel de idioma. El propio camino de aprendizaje era un árbol ramificado de símbolos, en el que a menudo no sabía si estaba siguiendo el siguiente paso más razonable o solo el orden que prometía más puntos. Al final tenía la sensación de estar ganando un juego contra un sistema de puntos en lugar de aprender idiomas sin clasificaciones, pero sin ninguna idea de si realmente había avanzado en conversaciones reales.

La motivación basada en el miedo a perder algo no es motivación, sino solo estrés bien disfrazado.

Lo que esto me enseñó sobre un buen diseño del aprendizaje

En retrospectiva, fue precisamente esta experiencia la que más me hizo reflexionar sobre lo que el aprendizaje realmente necesita para sentirse bien. No el miedo a perder algo, sino la alegría de entender algo. No estímulos constantes desde fuera, sino suficiente calma para poder concentrarse en una frase, una palabra, una regla nueva. No la comparación con desconocidos, sino el propio progreso honesto. Al final, estas reflexiones fueron uno de los puntos de partida de Norimo, porque estoy convencido de que una app para aprender idiomas no tiene que luchar constantemente por la atención para hacer que alguien siga adelante. A veces basta con confiar en que el propio aprendizaje es lo bastante interesante.

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