¿Cuántas palabras hay que saber realmente para poder comunicarse?

Quien empieza un idioma nuevo se fija casi automáticamente primero en la cifra: un buen diccionario contiene decenas de miles de entradas, y enseguida surge la impresión de que hay que dominar la mayoría de ellas para poder comunicarse siquiera. Esa impresión paraliza más de lo que ayuda. En los últimos años he dedicado mucho tiempo a observar cómo habla realmente la gente, en el café, en la charla informal con los vecinos, al preguntar por una dirección en una ciudad desconocida. El resultado es tranquilizador: el lenguaje cotidiano es sorprendentemente económico. Un núcleo pequeño y recurrente de palabras aporta la mayor parte de lo que realmente necesitamos decir y entender en el día a día.

Cuánto idioma cabe en unos pocos cientos de palabras

Los lingüistas que analizan grandes colecciones de textos de lenguaje hablado llegan, para muchos idiomas, a magnitudes similares: las aproximadamente 100 palabras más frecuentes, cosas como yo, tú, ser, tener, bien, no, hacer, ya representan una parte considerable de una conversación media, a menudo cerca de la mitad. Con las alrededor de 1000 palabras más frecuentes se cubre, en muchos idiomas, entre tres cuartas partes y cuatro quintas partes del lenguaje hablado cotidiano. Son cifras que se pueden alcanzar en unas semanas de aprendizaje concentrado, no en años. Quien conoce entre 2000 y 3000 palabras bien elegidas ya puede desenvolverse con sorprendente fluidez en la mayoría de las situaciones cotidianas.

Por qué la selección cuenta más que la cantidad

Sin embargo, no todas las palabras frecuentes son igual de útiles, y no todas las palabras útiles son igual de frecuentes. Quien planea un viaje probablemente necesite antes la palabra para cuenta, andén o farmacia que alguna palabra que figure más arriba en las listas de frecuencia pero que apenas aparezca en su propia vida. Diez palabras adecuadas para la propia situación suelen valer más que cien cualesquiera. Precisamente por eso, memorizar listas de vocabulario sin más suele servir de poco: falta la conexión con la propia realidad. Una palabra que se necesita y se usa en una conversación real se queda grabada, una palabra memorizada de forma aislada suele desvanecerse en pocos días, aunque también un entorno de aprendizaje tranquilo influye en lo bien que esto se logra.

Qué es lo que realmente basta para situaciones concretas

En el café basta con un conjunto muy reducido: una bebida, una fórmula de cortesía, algunos números para el pedido y el precio, además de expresiones como quisiera o la cuenta, por favor. Para la charla informal suelen bastar unas pocas docenas de palabras sobre el tiempo, el estado de ánimo y preguntas sencillas, combinadas con algunas expresiones fijas que se pueden usar una y otra vez. Y quien pregunta por una dirección necesita sobre todo palabras de orientación, algunos nombres de lugares y la capacidad de pedir amablemente que le repitan algo cuando la respuesta llega demasiado rápido. En ninguna de estas situaciones hacen falta miles de palabras, sino más bien un puñado de piezas bien encajadas.

La cosa cambia en cuanto se trata de temas diferenciados o especializados, explicar un examen médico, discutir de política o leer una novela. Para eso hacen falta, según el nivel de exigencia, entre varios miles y decenas de miles de palabras; los hablantes nativos suelen disponer de forma pasiva de 20.000 palabras o más. Pero ese es un objetivo distinto a la capacidad de comunicarse en el día a día, y ambos no deberían confundirse.

Diez palabras adecuadas para la propia situación suelen valer más que cien cualesquiera.

De qué tratan los diálogos de Norimo

Precisamente en esa diferencia nos apoyamos en Norimo. En lugar de recorrer largas listas de vocabulario ordenadas alfabéticamente, en Norimo el centro está en los diálogos situacionales, conversaciones en el café, al hacer el check-in en el hotel, en la charla informal con compañeros, porque los diálogos claros están más a mano en una conversación real que el conocimiento gramatical aislado. Las palabras y expresiones que aparecen en ellos se eligen conscientemente según la frecuencia con la que realmente se necesitan en esa situación concreta, no según lo completa que parezca una lista. El objetivo no es reunir la mayor cantidad de palabras posible, sino practicar las adecuadas de forma que se puedan recordar de verdad en el momento decisivo. Quien aprende así suele notar, antes de lo esperado, que puede comunicarse mucho antes de haber construido todo un vocabulario.

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